miércoles, 12 de agosto de 2009

Despedida

Ya ha pasado un poco el dolor de la despedida, del adiós a mi madre. Se fue tal como vivió, discretamente, sin querer molestar, siempre tan buena y cariñosa con todos.

Estoy seguro que la recordaremos con mucho amor y ternura, y cuando ya sabíamos que se acercaba el final, quise conservar esta última imagen, cantando, como la quiero recordar para siempre.


video

sábado, 17 de enero de 2009

De tapas por Granada, otra vez..






Otra escapada a Granada, a pesar del frío pasamos un rato muy bueno. Las fotos son del 7 de enero, una pena Casa de Todos y Bar julio están cerrados, pero acabamos por el Albaicín, entre hippies trasnochados haciendo malabares y restos de mezquitas y palacios árabes. Ayllón nos documenta bien, es el "enciclopedista". Espero que no lea esto, odia lo llamen así :-)


Estas maravillas "embutidas" pertenecen al Mesón La Cueva, muy recomendable si quieres tapear, y mucho mejor que la pizzería de la estrella (ya sabes, Tori, que no puedo con ella, aunque vaya en bata).

Después de Castañeda y la Cueva, Beto y Ayllón acaban comiendo caracoles picantes en el Albaicín, Bar Aliatar o algo así, que es famoso por aquí. Pero yo me abstengo, todavía no consigo probarlos, es superior a mi.

En Pepeblog | Día en Granada.
En Directo al Paladar | Mesón La Cueva, de tapas por Granada



Dias de nieve y frío


Este ha sido un duro invierno, el más frío que recuerdo en muchos años. Hace unos días subí con mi amigo Antonio a Alcaucín, en la Sierra Tejeda, ya casi lindando con Granada. Nos cuesta mucho andar, por la nieve y las peligrosas placas de hielo del camino, pero el día es soleado y no hace viento, con lo que pasamos un buen rato, y las fotos son espectaculares.



domingo, 24 de febrero de 2008

Mamá, háblame de la guerra.



Caen las bombas sobre Málaga. El “zapatones”, como los malagueños conocían al hidroavión de los nacionales, visita cada mañana la ciudad adormecida, con su carga mortífera, destruyendo fábricas y almacenes, pero sin temor a bombardear a la población civil, matando a miles de inocentes. Lo hace a la salida del sol, cuando la luz cegadora impide hacer puntería a las baterías antiaéreas.

Nadie imagina el dolor y sufrimiento que causa una guerra, hasta que la padece en persona o en sus seres queridos. En este caso mis padres, antes de que yo naciera, pasaron los peores años de su vida durante la guerra civil española iniciada en 1936.

Cuando se inició la contienda mi madre tenía 5 años y mi padre 6 años. Muchos niños como ellos murieron en esa guerra. Ellos tuvieron la suerte de sobrevivir, y gracias a esto muchos años después pude enterarme del horror de aquellos tiempos de labios de mi madre. Desde que tengo conciencia de mis recuerdos, ya muy pequeño, me sentaba junto a ella, o en sus brazos, y dejaba que me relatara sus experiencias de aquellos años, preguntando sin parar sobre cada detalle.

Lo curioso es que empezó como una especie de juego, que con el paso de los años fue dejando su poso de amargura, de pena por el sufrimiento innecesario de tantos inocentes, a medida que iba tomando conciencia de la realidad de aquellas fábulas. Ella siempre intentaba contar su historia con toques de humor y anécdotas divertidas, como si todo lo vivido fuera una aventura extraordinaria. Supongo que le daba miedo transmitir el horror que se traslucía de sus palabras.

Así, en mi cerebro de niño, yo iba imaginando los bombardeos, los fusilamientos, el exilio, la represión, a partir de breves pinceladas que conseguía de aquí y de allá, contadas por testigos tan cercanos como mis padres o mis tíos. Por supuesto, nada de lo que me contaban estaba en los libros de texto ni se enseñaba en ningún colegio, y quizás se pierda para siempre en el olvido a medida que ellos vayan desapareciendo.

Lo más probable es que la realidad fuera más terrible, ya que los años y la memoria suelen suavizar los hechos, amortiguar el dolor del recuerdo. Ahora me doy cuenta que para mi madre hablarme de sus experiencias suponía una especie de terapia, una forma de liberarse de ese dolor que seguro sigue grabado en ella tantos años después.

Ver: Recuperación de la Memoria Histórica.
Ver: Testimonios.

El buque canarias, responsable de los bombardeos sobre Málaga.

Shock 3.Guión para un cómic SF.

Shock 3

Madera es mi nombre, contestó al operario. El hombre asintió. Era un nombre clave, por supuesto, y sólo un iniciado podía llevarlo; ningún pagano podría robar esa denominación de esencia y hacerse apodar con ella. Así pues, León era libre para usar su tarjeta por primera vez. La Delegación de la Intendencia Universal había tenido la gentileza de otorgarle salida por una de sus puertas. Estaba ante ella y era realmente enorme; semejaba el pórtico de una pagoda. La jamba derecha tenía una ranura parpadeante donde pensó debía insertarse el card. Pero no sabía si quería traspasar el umbral. No estaba seguro de adonde quería ir. Sabía que debía ir, pero no por qué, y él quería cuestionárselo.

Finalmente, metió la tarjeta y marcó su destino: Urbe, la decadente ciudad; uno de los planos yacentes. Pertenecía a la facción cristiana y estaba a dos niveles por debajo de Futurama. Sería una terrible descensión y León las bajadas profundas le daban náuseas. La puerta dejó caer el oportuno aviso encíclico sobre el lugar al que se dirigía o supuestamente iba a visitar, pero por supuesto le dejo partir. Según la Ley Universal de Ciudades Yacentes tenía todo el derecho a hacerlo. Poco después se encontró vomitando sobre un suelo irregularmente pavimentado, aunque se tratase de una holovía. Consiguió levantarse y se encontró con el reverso de la moneda: la puerta que le había dejado allí mostraba por este lado una imitación metálica de algún pórtico de catedral: así se cambiaba de mundo y de creencias en el universo que le había tocado vivir. Pero él no era cristiano y no sabía qué demonios hacía allí. Ahora lo sabía menos que antes y por otra parte tenía una extraña sensación; una parte inconsciente de su ser parecía estar advirtiéndole de alguna amenaza. Quizás sólo estuviera demasiado sensible o susceptible después de la repulsiva bajada. Detestaba por otra parte ese mundo; las veces que lo había visitado movido por una inquisitiva obligación le había parecido demasiado variopinto y desmadejado, irregular, como si en la denominación de cristiano entrara casi todo. Estaba demasiado acostumbrado a lo excesivamente parejo y pulcro de su fanático mundo.


Cuántos mundos podía haber en una sola ciudad. Recordaba como su abuelo le contaba historias de un pasado legendario, donde los hombres que no fueron expulsados dejaron las inmensidades para refugiarse en una sola ciudad. Entonces, solía relatarle él con su voz sedosa pero grave, todos vivíamos juntos, atrapados pero juntos. Me hubiera gustado vivir en esa época, abuelo, solía responder él lleno de entusiasmo y de sueños.

Ahora miraba su época y los insólitos edificios de la ciudad con ojos de adulto, con una mirada escéptica, fruto del nihilismo del Capitalismo Zen. Urbe le resultaba ahora aún más repulsiva, y ni siquiera había embajadores para recibir a los que atravesaban la puerta de entrada. Posiblemente todavía estaba mareado, pero nunca se había sentido así. Con la mentalidad pragmática propia de su raza, se propuso encontrar el foco del malestar. Había heredado de sus antepasados, los fundadores de la Medina interior, cierto tesón y una habilidad especial por simplificar las cosas hasta llegar a su raíz, lo que era de gran ayuda a la hora de enfrentarse a problemas. Quizás estaba enfermo y no lo sabía. No sería de extrañar: en su búsqueda había recorrido demasiados lugares fríos y la pobreza le había obligado a dormir a la intemperie en más de una ocasión. Con los créditos de la ciudad zen no ocurriría de nuevo. Podría dormir en hoteles de lujo, si es que tal cosa podía haber en este apartado y patético mundo.

miércoles, 20 de febrero de 2008

El Lamento del Vampiro.

"Vosotros, todos vosotros, toda
esa carne que en la calle
se apila, sois
para mí alimento,
todos esos ojos
cubiertos de legañas, como de quien no acaba
jamás de despertar, como
mirando sin ver o bien sólo por sed
de la absurda sanción de otra mirada,
todos vosotros
sois para mí alimento, y el espanto
profundo de tener como espejo
único esos ojos de vidrio, esa niebla
en que se cruzan los muertos, ese
es el precio que pago por mis alimentos."

Leopoldo María Panero.
"Last night together"1980

Más poemas de Panero.

martes, 19 de febrero de 2008

Shock 2.Guión para un cómic.

Otra entrega del guión para un cómic SF de José Leandro.


Shock 2

No sabía que hacía allí, sentado (si así podía llamarse) en aquel extraño sillón. Quizás le habían sedado. Era como cuando te despiertas después de un sueño que ha sido tan rápido, que estás convencido de que no has dormido.

Cuando por fin la cabeza comenzó a despejarse, lo notó. Sabía que tenía algo dentro de su cerebro. Y sintió un dolor desgarrador a pesar de la anestesia previa y del sedante que le habían inoculado después del implante. Sin embargo, el dolor parecía ser una ilusión porque pasó pronto. Quizás el dolor era su vieja conciencia que se revelaba ante las nuevas ideas. Una última resistencia antes de que la nueva fe le impregnase puercamente todo el cerebro. Debía ser así, porque pronto una nueva forma de pensar invadió todo su ser, una nueva forma de mirar la vida. Entonces lo recordó todo. Cuando la minúscula gota de sangre de su dedo cayó en la banda magnética del card sanitario, perdió el conocimiento. Recordaba nebulosamente una confusa pesadilla de dolor que debía corresponder al momento en que le implantaron el parásito. Luego, todavía aletargado por los efectos secundarios de la anestesia digital, había asistido a una sesión espiritual. Le habían dado un sedante para evitar que se despertara. Creía recordar haber asistido a una especie de discurso donde apenas entendía nada, algo sobre las bondades de la nueva fe y las precauciones que debía tomar en las Ciudades Yacentes, es decir; las otras partes o planos urbanos donde no se adoraba al Dios de Futurama. Estaba como ebrio mientras escuchaba todo eso, y no entendía nada de nada, pero bastaba que sus ojos estuvieran abiertos para que la información se transmitiera hasta la célula que le habían insertado en la cabeza. Había otros sistemas de conexión feérica, como se llamaba a las transmisiones electrónicas de fe, pero eran inconcebiblemente dolorosos.

¿Pero ahora donde estaba? Se movió hacia un lado con evidente torpeza y notó que algo le tiraba de la cabeza. Probablemente su lección no había terminado. En ese momento una voz le despertó. Era el delegado.

-Calma, calma. Todavía está muy débil, pero le estamos administrando algunos vigorizantes. Debo decirle que me sorprende verle despierto tan pronto, a la mayoría le quedan unas secuelas bastante dolorosas

Leon le contestó con un intrincado koan. Quería decir que creía estar listo. El estadista sonrió al percibir como las enseñanzas de la fe habían cuajado en su mente.

-Nadie lo duda ya. Pero ahora debemos retenerle por cuestiones de salud. Al menos durante un día. Esta es su tarjeta personal –le extendió un card que León cogió con mano temblorosa-. En gratitud por haber abrazado la Verdad, yo mismo le acompañaré a la Puerta

-¿Voy a poder usar una puerta gubernamental? –el ex-musulmán no cabía en sí de gozo.

-Por supuesto. Sus días de peatón se han terminado. Aunque imagino que en determinadas ocasiones, y teniendo en cuenta su objetivo, no habrá más remedio que adentrarse en lugares cerrados donde de nada le valdrá su tarjeta de paso

-No recuerdo cual era mi objetivo

-No se preocupe, lo recordará más tarde. Todavía está confuso

El funcionario no cabía en sí de gozo. ¿Es posible que lo hubiera olvidado? De ser así, él mismo haría por aprovechar las circunstancias y plantear un nuevo objetivo. Se preguntaba si quedaría algo en él, alguna reminiscencia religiosa en su cerebro de infiel. A simple vista no lo parecía, se dijo satisfecho. Pero se equivocaba. Una pequeña parcela de la mente del árabe todavía seguía siendo fiel a los preceptos del Corán. Quizás su vida anterior quedase encerrada y olvidada dentro de una sola neurona dormida, pero la convicción de León podría llegar muy lejos y era posible, muy posible, que tarde o temprana, su fe regresara. Regresara. El parásito la aplastaría, pero puede que no la venciera por completo.

En cierto modo la determinación que le había llevado a aquella principal oficina del G.I.U. podría hacer por sacarlo de la opresión del parásito. Antes de ser operado había pensado en solicitar la ayuda del Gran Ulema para librarle de aquella cosa, pero ahora no recordaba nada de ello. Sin embargo ciertos vagos recuerdos de diván, de dulces perfumes, de suavidad y caricias, comenzaron a despertar en su mente.

Entonces fue cuando ocurrió. Un terrible dolor le atenazó las sienes. Cerró los ojos y la oscuridad se hizo en su interior, pero unos chispazos y ráfagas de luz iluminaron su vista. El daño aumentó; parecía que se hubiera cogido la cabeza entre los topes de dos vagones. Iba a preguntar el por qué de ese dolor, pero guardó silencio. Lo imaginaba. El intruso estaba luchando contra aquellos recuerdos. Sus gritos atrajeron al diácono, que hizo una mueca que podía haber sido una sonrisa. Parecía entender que estaba ocurriendo.

-Mírame –le ordenó. Cuando León lo hizo el hombre puso un extraño objeto lenticular ante sus objetos-. ¿Dónde estás?

-Estoy… en la Intendencia Universal

-¿Dónde se encuentra?

-Dios mío, me duele -se quejó.

-Dios no existe

-Dios no existe. Estoy… estoy en la Nueva Ciudad… el alumno preguntó: maestro, porqué ponemos el Día del Sol la moneda de oro en el tejado del Dojo. El maestro le dejó colgando de una sola mano de la rama del árbol que crece al borde del abismo bajo el cual se fundó la primera ciudad…

-¿Y así?

-Y así se demuestra la enseñanza del Buda

-¿Dónde está el Buda?

-En este koan es la efigie de la moneda de oro

-Fantástico. ¿Te duele la cabeza?

No contestó. Pero milagrosamente el dolor había pasado. El intruso había imperado. Casi se alegraba, porque otra punzada más y hubiera perdido el conocimiento. Con el tiempo, pensó su reminiscencia, aprenderé a engañarle.

-¿Cómo te llamas? –preguntó ahora el diácono.



José L. Ayllón